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Redes sociales

Escrito por Miquel Barceló el 2 noviembre, 2017 en Opinión
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Empiezo a pensar que Internet y las redes sociales han llegado antes de que los humanos estemos preparados para usarlas correctamente.

Ya otras veces he glosado ese disparate de quienes comentan algo leído en las redes (o ocurrido en el mundo) de manera irreflexiva y casi inmediata. Esos comentarios en la red, a veces soeces, pueden llegar a convertirse incluso en “virales” (nuevo “palabro” que ya todos aceptamos). Eso sí, sin que nadie sepa exactamente lo que hace viral a un determinado contenido en la red. Para descubrirlo, las ciencias sociales deberían saber mucho más de lo que presuntamente saben…

También puedo ver (estos días en Cataluña hay millares de casos…) cómo falsas noticias se difunden por la red y son repetidas, como si de los evangelios se tratara, sin que ninguna reflexión ni espíritu crítico medie en esa difusión. Es algo como pensar “está en mi línea de pensamiento y defiende mi manera de pensar, luego, sea o no verdad, hay que difundirlo” para que los otros (a los que se suele suponer inferiores) traguen y acepten la mentira. Eso ocurre si el replicador de la falsa noticia sabe que es falsa, aunque si no lo sabe el fenómeno y el efecto final es el mismo. Goebbels i Junqueras saben mucho de ello: “repite una mentira muchas, muchísimas veces y la gente la tomará como verdad”. Ahora, con las redes sociales, los desaprensivos manipuladores tienen su cometido mucho más fácil.

Por cierto, por si no lo sabían, uno de esos mensajes que circulan, al menos en Cataluña, en estos días de agitación promovida por el poder dice, literalmente: “Lo peor de este conflicto es que ya nadie envía porno x whatsapp”. Y nos recuerda uno de los más importantes usos que le hemos dado a Internet y las redes sociales. No es como para estar orgulloso.

Empiezo a pensar que Internet y las redes sociales han llegado antes de que los humanos estemos preparados para usarlas correctamente.

Por otra parte no se me oculta que las redes sociales pueden ser también beneficiosas. Se suele decir que ayudan a quien está realmente solo (cada vez más en un mundo lanzado indefectiblemente al individualismo más feroz…) que puede, gracias a esas herramientas de comunicación, no sentirse tan solo. Y muchas otras aplicaciones beneficiosas (para mí, hoy en día, lo más importante es que puedo ver fotos de mis nietos casi en el mismo momento en que se producen…).

No hay más que pensar en esos jóvenes japoneses (hikikomori) que, internet mediante, se encierran en una habitación para jugar, comunicarse con amigos y hacer la vida encerrados en una habitación sin salir nunca ni hacer otra cosa. Para su suerte, sus queridas mamás les mantienen en ese estado dándoles de comer y proporcionando todo lo que necesitan, sin que esos jóvenes tengan necesidad de hacer algo tan elemental como, simplemente, procurar por su propia supervivencia…

Aunque voy a ser realista. Todo esto lo dice una persona que no suele usar redes sociales (WhatsApp excluida ya que es la que me proporciona las fotos de mis nietos…). La razón es sencilla: aprendí a vivir y comunicarme sin redes sociales. Sé hacerlo. No las necesito. Uso mucho el correo electrónico pero no las redes sociales como Facebook o Twitter, redes en las que estuve mientras era profesor de “Aspectos sociales de la Informática” en la UPC pero que ya no uso tras la jubilación de ese quehacer.

Como decía, posiblemente yo mismo no sea de fiar en este tema: no uso redes sociales y, sin ellas, sé comunicarme y mantener amigos (hay muy pocas cosas que me parezcan tan ridículas como eso de los “amigos” por Facebook: para mí la amistad es claramente otra cosa más potente que la “muesca en la culata” que representan los “amigos” de Facebook…).

Internet y las redes sociales son una gran herramienta que favorecen la tan necesaria comunicación entre los seres humanos. Pero parece que su nacimiento está dando lugar a una especie de enfermedad infantil en su uso, como un nuevo sarampión. Hay que aprender a usarlas sin que nos esclavicen ni puedan ser aprovechadas por desaprensivos para extender mentiras y arrimar el ascua a su sardina con perjuicio de los demás.

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